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Los abuelos no MUEREN... ¡se convierten en nuestros ÁNGELES!
Por último, es bueno recordar (incluso de grandes) que, aunque los abuelos mueran, nunca desaparecen del todo. Los llevamos con nosotros cada vez que hacemos el arroz con leche que nos enseñó la abuela, que jugamos a las cartas como lo hacíamos con el abuelo, que vemos sus expresiones en la cara de nuestros padres o que celebramos reuniones familiares en las que eran sus casas y los vemos en todos los retratos. En realidad, es como si los abuelos no murieran… ¡solo se hacen invisibles!